El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó que llamó “loco” a Benjamin Netanyahu durante una conversación telefónica y aseguró que estaba “un poco perturbado” porque la ofensiva de Israel contra Hezbollah en Líbano estaba complicando las conversaciones de paz con Irán. Pese a intentar bajar el tono al señalar que su relación con el primer ministro israelí sigue siendo sólida, el episodio deja ver fricciones en medio de una guerra que continúa sin una vía clara de cierre.
La admisión de Trump se produce además en un escenario de presión creciente sobre su gestión del conflicto, mientras los precios más altos de la energía y la incertidumbre económica golpean a los republicanos de cara a las elecciones de mitad de mandato y repercuten en el comercio global. Aun con ese impacto, el mandatario evitó comprometerse con un calendario concreto para resolver la crisis y dejó abierta la posibilidad de que el estrecho de Ormuz permanezca bloqueado hasta el Día del Trabajo, aunque más tarde dijo que veía poco probable ese escenario.
Trump reiteró que exige a Irán detener cualquier esfuerzo que pudiera conducir a un arma nuclear y reabrir el estrecho para los envíos de petróleo y gas natural. También afirmó que el líder supremo de Irán, Moytabá Jamenei, está “involucrado” en las conversaciones de paz. Sin embargo, entre las tensiones con Israel, la presión política interna y los efectos económicos ya visibles, la entrevista deja al descubierto el contraste entre la promesa de resolver el conflicto y la falta de certezas sobre cuándo podría lograrse.
