Con motivo del Día de las Madres, la autora dedica un texto a Idalia, la Dra. Guzmán, a quien presenta como una médica cuya vocación se mantuvo intacta incluso después de jubilarse del consultorio. El relato se apoya en una escena compartida por su hija Isabel, quien, después de hablar en el colegio sobre las abuelas de sus amigas, resume con orgullo la diferencia que percibe en la suya: “Mi abuela salva vidas; abuela es doctora”.
El texto también recorre decisiones de sacrificio y servicio: la mudanza de La Vega a la capital para estudiar medicina, el respaldo brindado a varios de sus hermanos en esa misma etapa universitaria y el cuidado dispensado a su madre, a sus hermanos y a su padre en momentos de enfermedad. El testimonio familiar retrata la medicina no como un título, sino como una responsabilidad que no se interrumpe.
Más allá del homenaje íntimo, la pieza deja visible un trasfondo social: frente a la enfermedad, la respuesta inmediata continúa teniendo rostro familiar. Aun retirada, la Dra. Guzmán sigue apareciendo como la primera referencia “a la más mínima gripe”, una imagen que vuelve a situar sobre la mesa cuánto depende todavía el bienestar cotidiano de la entrega individual y no de respuestas institucionales que alivien ese peso en los hogares.
