La discusión en torno a “el fin de la historia”, reavivada desde la tesis de Francis Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, vuelve a instalar una advertencia política de fondo: cuando los proyectos que se presentan como alternativa acaban ajustándose al mismo esquema que critican, el debate público se debilita y la ciudadanía queda sin respuestas reales.
El artículo señala que Fukuyama no hablaba del final de los conflictos, sino de la consolidación de la democracia liberal y la economía de mercado como horizonte dominante ante la desaparición de grandes alternativas sistémicas. La paradoja, según el texto, es que buena parte de sus críticos habrían terminado por confirmar esa tesis al renunciar a imaginar una sociedad distinta al capitalismo y pasar a denominar socialistas a experiencias que funcionan dentro de economías capitalistas, entre ellas socialdemocracias europeas, partidos socialistas de gobierno e incluso China.
Ese giro, descrito como una “capitulación conceptual”, deja una distancia nítida entre el discurso y la realidad: reformar el capitalismo no equivale a superarlo. En el plano político, la conclusión refuerza la necesidad de fiscalizar cualquier relato de cambio que no se traduzca en una visión de Estado verificable, con resultados y rumbo definido, en lugar de consignas o ajustes retóricos.
