La designación de monseñor Andrés Napoleón Romero Cárdenas como nuevo obispo de la Diócesis de La Vega dejó, además de una despedida emotiva, una lectura sobre el papel humano e institucional de Barahona, región a la que llegó en 2015 y que, según dijo, le enseñó a ser obispo. La decisión, comunicada tras el anuncio del papa León XIV, lo tomó por sorpresa y le provocó miedo, gratitud, confianza y una “mucha nostalgia” por dejar la diócesis.
“Aprendí a ser obispo en Barahona”, dijo Romero Cárdenas en sus primeras declaraciones luego del anuncio. También reconoció tristeza por salir de una jurisdicción donde, afirmó, recibió respaldo durante su misión. Sus palabras vuelven a colocar a Barahona en el centro de atención, en un momento en que la región insiste en que sus necesidades no queden relegadas por los cambios institucionales ni por el relevo.
Aunque definió su nueva etapa como un desafío pastoral y admitió que sintió “algo de miedo” ante la misión, insistió en que predomina la confianza. No obstante, la despedida deja un contraste claro: mientras se concreta el relevo en una diócesis marcada por una década de vínculo, Barahona vuelve a quedar bajo la mirada sobre cuánto acompañamiento real reciben sus comunidades más allá de los anuncios y las transiciones.
