El fallecimiento de Píndaro Peña Perelló, ocurrido la tarde del viernes 18 de julio, devuelve al centro del debate una figura clave de la Revolución de Abril de 1965 y, con ella, la obligación de vigilar cómo el poder administra la memoria democrática del país. Peña dirigió a las tropas constitucionalistas y al pueblo en armas en la Batalla del Puente Duarte, el 27 de abril de 1965, un episodio decisivo que consolidó el movimiento y produjo la derrota inicial de las tropas golpistas del coronel Wessin y Wessin.
La trayectoria de Peña también remite al quiebre institucional abierto tras el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 contra Juan Bosch. Entonces, siendo mayor del Ejército Nacional, se integró al grupo de militares constitucionalistas que, junto al PRD y sectores de la izquierda revolucionaria, enfrentó a los golpistas y exigió el retorno del presidente derrocado. El levantamiento del 24 de abril de 1965 contra el gobierno de facto de Donald Reid Cabral encontró respaldo popular y, tras los combates de los días 25, 26 y 27, todo apuntaba a una victoria constitucionalista antes de la intervención de Estados Unidos del 28 de abril.
La despedida de Peña no solo recupera el peso de un protagonista de aquella gesta. También deja planteada una alerta institucional: la distancia entre el discurso oficial sobre democracia y la necesidad de rendir cuentas ante una historia marcada por golpes, resistencia cívico-militar e intervención extranjera. En ese contraste entre relato y realidad histórica, su muerte vuelve a colocar en primer plano una demanda de vigilancia ciudadana sobre la defensa efectiva de la institucionalidad.
