Keiko Fujimori llegó al poder en Perú tras imponerse por poco más de 40.000 votos, en una elección que la coloca al frente de un país que ha tenido ocho presidentes en los últimos diez años y que sigue atrapado en una fuerte inestabilidad política.
Su llegada al gobierno ocurre bajo la sombra del papel del fujimorismo en esa misma crisis institucional, marcada por una cadena de destituciones que en su mayoría se impulsaron con votos de su propio bloque. El desenlace electoral le da la presidencia, pero también la obliga a responder por la gobernabilidad en un contexto de desconfianza acumulada.
La victoria ajustada y el historial reciente del Congreso peruano colocan a Fujimori ante una prueba inmediata: demostrar si su gestión servirá para estabilizar el país o si profundizará las tensiones que han debilitado a las instituciones en la última década.
En ese escenario, la nueva mandataria asume con la expectativa de mostrar resultados concretos y de rendir cuentas sobre cómo evitar que el ciclo de crisis y destituciones siga repitiéndose.
