Puerto Príncipe.- Haití sigue mostrando, cinco años después del asesinato de Jovenel Moïse, el efecto más crudo de cuando la crisis política se impone sobre las instituciones y el poder no alcanza para frenar el deterioro. El magnicidio del 7 de julio de 2021 no cerró una etapa: abrió una fractura más profunda, hoy visible en la inestabilidad, el vacío institucional y el desgaste acumulado de la población.
Moïse fue ultimado en su residencia privada en Pétion-Ville por un grupo de mercenarios, entre ellos 17 exmilitares colombianos. Por ese caso, hasta ahora nueve personas han sido condenadas en Estados Unidos. Documentos judiciales ubican la conspiración entre febrero y julio de 2021 en el sur de Florida, señalado como centro de planificación y financiamiento de un plan para derrocar al mandatario y sustituirlo por alguien alineado con los intereses políticos y económicos de los conspiradores. Las autoridades estadounidenses dijeron que la operación fue presentada primero como un arresto legal con respaldo de agencias de ese país, pero, según testimonios, terminó derivando en el asesinato tras fallidos intentos de captura.
El crimen estalló sobre una crisis política que ya estaba abierta. Haití no celebra elecciones desde las presidenciales del 20 de noviembre de 2016, ganadas por Moïse con el Partido Haitiano Tet Kale, después de que unos comicios anteriores fueran invalidados por el Consejo Electoral Provisional en medio de acusaciones de fraude masivo. Durante su mandato también hubo violentas protestas que pedían su dimisión, en un escenario marcado por la crisis económica y acusaciones de corrupción.
La erosión institucional había dado otra señal de alarma en enero de 2020, cuando el Poder Legislativo quedó clausurado por la expiración del mandato de los senadores, tras no celebrarse las elecciones legislativas previstas para octubre de 2019. Ese antecedente, sumado al asesinato del presidente, dejó al país más expuesto a una crisis sin arbitrajes sólidos y con un costo social que sigue creciendo.
Cinco años después, la evidencia principal no es una recuperación, sino el contraste entre la necesidad de estabilidad y la persistencia del desorden. La trayectoria de Haití desde el asesinato de Moïse confirma que, sin instituciones en funcionamiento, elecciones pendientes y rendición de cuentas real, la crisis no se administra: se agrava.
