Daniel Ortega sostuvo que su gobierno no permitirá procesos electorales que puedan abrir la puerta a la oposición en Nicaragua, una afirmación que vuelve a poner bajo la lupa el estado de la democracia en el país. En un acto oficial por el aniversario de la Revolución Sandinista, dijo que en Nicaragua no volverán a haber elecciones bb para que sectores opositores intenten asumir el control del Estado, en un mensaje que opositores y organismos internacionales leyeron como otra señal de cierre político.
El pronunciamiento llega después de años de denuncias sobre restricciones a la participación política, ausencia de condiciones electorales equitativas y cambios en el sistema institucional desde el regreso de Ortega a la Presidencia en 2007. Desde 2017 gobierna junto a Rosario Murillo, primero como vicepresidenta y después como copresidenta, tras la reforma constitucional aprobada en 2025, un rediseño que alteró la estructura del poder y amplió la influencia del Ejecutivo sobre las instituciones del Estado.
Esa reforma de 2025 creó la figura de copresidencia, extendió el periodo presidencial y sumó nuevas atribuciones al Ejecutivo en la coordinación de los órganos estatales. El gobierno insiste en que esos cambios buscan fortalecer la organización del Estado y garantizar la soberanía nacional; sin embargo, sus críticos señalan que el efecto visible es una menor capacidad de control institucional y una mayor concentración de poder en la Presidencia, en un escenario que eleva la alarma sobre el futuro de la competencia política y la rendición de cuentas.
