La ausencia de una base logística y de un frente interno, prevista por los organizadores de Cayo Confites y Luperón, figura en el texto como una de las razones del fracaso de los insurrectos. A ello se añadieron la premura con que se armó la expedición, el amplio despliegue de fuerzas, la intervención de guardias y civiles y el bombardeo constante, en un escenario que refleja el alto costo humano de una operación sin respaldo suficiente sobre el terreno.
Juan de Dios Ventura se apartó de su unidad pocos días después del desembarco. Exhausto, hambriento, con los pies hinchados y al borde de sus fuerzas, terminó entregándose a un grupo de campesinos. Ese episodio, presentado como un punto de quiebre, muestra cómo la falta de apoyo y la presión desde el inicio dejaron a los expedicionarios expuestos no solo al fracaso militar, sino también al maltrato después de la captura.
De acuerdo con el texto, Juan de Dios fue golpeado antes de ser entregado a los guardias y luego llevado a la Base Aérea de San Isidro, donde Ramfis Trujillo lo recibió y lo sometió a torturas. La secuencia subraya el contraste entre cualquier relato de control y la realidad de una represión que convirtió la captura de un hombre exhausto en un calvario, dejando en primer plano la necesidad de memoria, vigilancia y rendición de cuentas frente a la violencia del poder.
