Las decisiones sobre educación, empleo y seguridad se siguen tomando en espacios donde casi nunca aparecen jóvenes menores de veinticinco años. Ese vacío, formulado en el texto a partir de una pregunta directa sobre quién decide por las juventudes sin las juventudes, reactiva una advertencia institucional: convertir a los jóvenes en asunto de debate, pero no en parte real de la conversación.
La pieza señala esa exclusión como una contradicción que persiste. Mientras se les pide a las nuevas generaciones que ayuden a transformar el país, se les deja al margen de los lugares donde se adoptan las determinaciones que afectan su presente y su futuro. En ese contraste entre lo que se dice y lo que ocurre, la experiencia en Altavoz, el Consejo Consultivo Adolescente y Juvenil de UNICEF, aparece como una excepción que deja ver la falta de mecanismos más amplios de incidencia efectiva.
La propuesta va más allá de la presencia simbólica. Plantea que participar no es solo estar, sino influir, y que la democracia no debería activarse únicamente al alcanzar la mayoría de edad. Desde esa mirada, la exclusión juvenil deja de ser una cuestión retórica y pasa a ser un problema de rendición de cuentas sobre cómo se decide el rumbo del país y quién queda fuera de una mesa cuyas consecuencias también recaen sobre la sociedad civil.
