La muerte del coreógrafo, bailarín y productor Iván Tejada, confirmada este sábado, dejó además una secuencia de hechos que vuelve a poner bajo atención la capacidad de respuesta ante situaciones de desaparición y emergencia. Su caso comenzó el 30 de mayo, cuando familiares, amigos y allegados difundieron en redes sociales su desaparición y pidieron ayuda para localizarlo, tras haber sido visto por última vez en las inmediaciones de un supermercado de la avenida Rómulo Betancourt, en Santo Domingo.
Horas después, la Policía Nacional informó que Tejada había sido localizado en el Hospital Traumatológico Doctor Darío Contreras, donde recibía atenciones médicas. Los reportes preliminares indicaron que había resultado lesionado en un accidente de tránsito, con golpes y laceraciones en distintas partes del cuerpo. Lo que inicialmente fue una búsqueda desesperada derivó entonces en otra preocupación: la gravedad de su estado de salud.
El 31 de mayo, su madre dijo al periódico HOY que permanecía estable, aunque delicado. Sin embargo, la evolución del caso terminó en el fallecimiento del artista, seguido de cerca por familiares, amigos y la comunidad artística. La tragedia, más allá del duelo, expone el costo humano de episodios en los que la incertidumbre se prolonga y obliga a mantener la atención sobre cómo responden las instituciones y los servicios ante hechos que golpean de lleno a los ciudadanos.
